Jueves, diciembre 13

Liquidación inminente, ¿llamado a emprender?

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A veces cuando eres empleado las cosas no salen como esperas. Un buen día descubres que tu nombre está en la lista de un recorte y al siguiente te encuentras sin trabajo. Entonces surgen en ti todo tipo de emociones: del enfado a la tristeza, pasando por una extraña sensación de libertad que se erosiona con cada día que pasa. Y la pregunta que inicia como un susurro, termina siendo un grito: ¿ahora qué vas a hacer?

Ellos andan por doquier. Puntuales, dedicados, sacando pendientes cómo pueden. Te los encuentras en el vagón del metro por la mañana, con los audífonos en los oídos y la mirada en esa pequeña pantalla, respondiendo en tiempo real a las necesidades de un jefe, de un supervisor, de un cliente.

También van en sus autos, atrapados en un tráfico que no cesa, mirando al reloj una y otra vez, imaginando rutas alternas para lograr llegar a tiempo a esa junta. Salen a comer apresurados, pensando en regresar pronto a su escritorio; pensando en lograr, al menos una vez, salir a tiempo del trabajo.

Ellos son falibles.

En sus andanzas se equivocan. Estiman mal los gastos, no logran cerrar las ventas y entre tantos pendientes, se les olvidan algunas cosas. Al calor de los proyectos se apasionan, opinan, discuten y pelean. Luego, como pueden, enmiendan el camino. Pese a la incertidumbre económica, los planes de negocio que se desmoronan y los inversionistas que desesperan, ellos desean poder seguir contribuyendo con su talento en la empresa para la que trabajan.

A pesar de eso, ellos un día recibirán la noticia de que han sido liquidados.

Esperado o no, el aviso sacudirá su existencia. Una mañana despertarán sin tener que correr para ganarle al tráfico y la extraña y momentánea sensación de tranquilidad será reemplazada por un hueco en el estómago que crecerá cada día. Con el hueco vendrán las preguntas sin respuesta. ¿Ahora qué harán? ¿En dónde conseguirán un nuevo empleo? ¿Cuánto tiempo durará el dinero de la liquidación? Pronto emergerán preguntas aún más difíciles de contestar, preguntas engendradas en la duda y la inseguridad. ¿Si no consigo nada igual? ¿Si no me quieren pagar lo que valgo? ¿Si en verdad no lo valgo?

La negatividad se ceñirá sobre sus cabezas como un ave de sombra negra. Entonces se enfadarán. Y llorarán. Y recordarán la injusticia de la que fueron víctimas. La falta de agradecimiento, de aprecio, de comprensión. El poco tacto cuando les dieron la noticia. Las miradas. Lo dicho. Lo no dicho. Los recuerdos. Ellos se sentirán amputados de algo que ayudaron a crear y no querrán saber nada más de aquel lugar, ni de su gente.

Más de uno de ellos hablará mal, pues el coraje a veces no se contiene. Avanzarán en círculo de día, de noche y siempre terminarán por llegar al mismo lugar: la dura realidad de haberse quedado sin trabajo.

Algunos convertirán a la liquidación en una condena a la amargura, a la negatividad, a la maldita culpa que los cubrirá hasta devorarlos.

Otros entenderán lo que realmente es quedarse sin trabajo: una oportunidad única para hacer un alto en el camino. Para mirarse a sí mismos y comprender que no son el puesto que tenían, ni la marca que manejaban. Para darse cuenta de todo lo que aprendieron en ese lugar. De los aciertos y los errores que irremediablemente terminan por convertirse en lecciones de vida. De sentirse agradecidos.

Oportunidad para mirar al frente. Para rectificar el rumbo. Para salir de uno mismo y hablar con los demás. Para gritarle al mundo qué es lo que saben hacer, lo que les apasiona. Para inventar sueños despiertos y luego convertirlos en planes de negocio, en realidades.

Oportunidad para explicarle a los otros cómo pueden contribuir y empezar a crear algo extraordinario que como empleados jamás se hubieran dado el tiempo de hacer. Para volver a soñar, sabiendo que adelante habrá dragones, neblina, caídas y devaluaciones. Pero también batallas épicas de las que pueden salir triunfantes y exultantes.

Ellos son los que en una liquidación encuentran de pronto la fuerza que necesitaban para sacudirse el miedo. Para ser ellos mismos de una vez por todas. Para seguir adelante. Para correr riesgos y pensar en hacer las cosas diferentes esta vez.

Ellos son los que escuchan en llamado a emprender.

https://www.entrepreneur.com/article/324033

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